El exasesor presidencial Vladimiro Montesinos permanece recluido en el Centro de Reclusión de Máxima Seguridad (CEREC) de la Base Naval del Callao, cumpliendo varias condenas por crímenes de la dictadura fujimorista. En junio de 2022 un tribunal ordenó devolverlo al penal naval, anulando el traslado previo a Ancón I, y desde entonces sigue en el mismo pabellón de máxima seguridad. Para muchos peruanos esto es una señal de que la lucha contra la impunidad no se detiene, aunque preocupa cualquier paso que le otorgue beneficios anticipados. A sus 80 años, Montesinos afronta nuevos movimientos jurídicos: acaba de colegiarse como abogado y su defensa tramita un recurso bajo la Ley 32181 (mayores de 80 años), incluso con el objetivo de salir (temporalmente) de prisión.
Procesos y condenas recientes
Montesinos acumula más de 30 sentencias desde su captura en 2001, y sigue enfrentando juicios adicionales. Entre las principales condenas vigentes están:
- 25 años por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta (resuelto en 2006).
- 23 años por el secuestro y asesinato de Mariela Barreto (sentencia de junio 2023).
- 17 años por el secuestro del periodista Gustavo Gorriti (fallo confirmado en 2022).
- Pena ratificada por colusión ilícita: la Suprema Corte confirmó su condena por la compra ilegal de cohetes, municiones y equipos antidisturbios (años 1999-2000).
Además, Montesinos se acogió a un juicio abreviado para admitir su responsabilidad en las masacres de La Cantuta y Pativilca (enero 2024), lo que reduciría una pena fiscal de 25 años hasta unos 17 años efectivos. Otros procesos –como las revelaciones de los “vladiaudios” de 2021– siguen en curso o en apelación, sin una resolución final. En conjunto, la justicia busca agotar todas las investigaciones: a la fecha no hay juicios vacíos en su contra, y el Poder Judicial advertía que cualquiera de las condenas se compute desde su detención en 2001.
Debate sobre excarcelación y leyes nuevas
La reciente promulgación de la Ley N.º 32181 (diciembre 2024) –que habilita el arresto domiciliario para condenados mayores de 80 años– puso a Montesinos en el centro de la discusión. Sus abogados han anunciado que solicitarán beneficiarse de esa norma, argumentando que “todos los sentenciados que tengan 80 años se van libres”. El ministro de Justicia, Juan Alcántara, incluso indicó que Montesinos podría quedar libre en 2026 si no se abren nuevos procesos en su contra. Sin embargo, para un sector ciudadano esto es inaceptable dado el enorme daño social que ocasionó en los 90. Otros casos recientes, como el del expresidente Alejandro Toledo, han generado polémica sobre aplicar la misma ley a exautoridades. La sensación entre la población es de indignación: se vive ahora un debate sobre si abusar de estos recursos legales equivaldría a castigar más la seguridad (al promover la impunidad) que a liberar correctamente a un preso mayor.
Balance y contexto político actual
La figura de Montesinos sigue siendo un símbolo polarizante. Muchos peruanos reconocen que con su apoyo se lograron golpes decisivos contra el terrorismo en los años 90, pero no olvidan que ello implicó graves violaciones a los derechos humanos y la corrupción sistemática. Un análisis reciente destaca que hay “un sector de la ciudadanía que busca respuestas rápidas en seguridad” y ve en la “mano dura a todo costo” la solución para la delincuencia. Ese sector recuerda a Montesinos con nostalgia autoritaria, olvidando que “más bien él complicó la lucha antisubversiva” al montar aparatos paramilitares y redes de espías. Al mismo tiempo, la actualidad política repite esquemas peligrosos: el ministro de Defensa José Luis Gavidia comparó recientemente al polémico empresario Zamir Villaverde con Montesinos como “el Vladimiro de la década del 90”, aludiendo a su influencia en el Ejecutivo. Esta referencia muestra que la corrupción y el poder en las sombras siguen vigentes.
En definitiva, la imagen de Vladimiro Montesinos alimenta un debate nacional. Por un lado, ciudadanos conformes con los niveles de seguridad que se alcanzaron bajo Fujimori y Montesinos —liberación de rehenes, fin del terrorismo—; por otro, indignados por el cúmulo de ilícitos y violencia de esa época. Hoy muchos observan con recelo que figuras corruptas actuales sean presentadas como “mano dura necesaria”. Los procesos judiciales que aún enfrenta Montesinos muestran que la justicia peruana no le da tregua, pero la discusión pública recuerda que la seguridad no vale la pena si se logra con “mano sucia”. Como concluye el análisis, su figura sigue siendo “el gran apestado de la política nacional”, un espejo perturbador que invita a comparar el pasado corrupto con la crisis política presente.

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